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La historia revisada
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Villacampa en Melilla (II)
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Los
otros deportados
Los condenados por el golpe de septiembre
de 1886 fueron distribuidos entre todos los presidios del norte
de África.
El diario El País, de vez en cuando, daba
noticias sobre la suerte de los confinados republicanos , presentando
casi siempre un panorama sombrío, descrito con tintas
tan oscuras que hay motivos para pensar que no se correspondía
con la verdad.
El capitán Vidaurreta, en el Peñón
de Vélez, se constituyó en voluntario corresponsal
del periódico zorrillista, dando noticias que no dejaban
muy bien paradas a las autoridades de la isla. Cuando el grave
incidente del barco contrabandista Miguel y Teresa, asaltado
por los rifeños en septiembre de 1889, el excapitán
se permitió denunciar, con graves acusaciones, al gobernador
de la isla, lo que en 1893 le valió el ser expulsado
de Melilla cuando acudía, como corresponsal de guerra,
a las operaciones de la guerra de Margallo. |
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Isla de Isabel II en las Chafarinas
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En
Chafarinas, las denuncias de tratos vejatorios también colocaban
en muy mal lugar al gobernador Casaus Lopera y sus subordinados. Se
decía que uno de los confinados, con una herida gangrenada,
estaba desatendido por el médico militar, que se pasaba el
tiempo en la iglesia. Otro enfermo, era obligado a dejar el hospital
a las dos semanas de estancia, sin estar curado, teniendo que recurrir,
para conseguir medicamentos, a vender el pan que ahorraba cada tres
días.
Se acusaba al mayor de plaza, el capitán Antonio
Santoja, autor, por cierto, de una obra importante para el conocimiento
de la Melilla comprendida entre 1870 y 1875, titulada España
en el Rif, si prescindimos de la parte en que, con desfachatez inaudita,
copia páginas enteras del informe de la comisión de
1869.
Se decía que Santoja había prohibido
a los confinados leer la prensa republicana, obligándoles a
lecturas no deseadas.
Discrepancias entre republicanos
Por la misma época, aniversario del golpe,
se producen desavenencias entre distintos grupos republicanos respecto
a la implicación de cada uno de ellos en el asunto. Así
como se daba por supuesto que el señor Pi y Margall estaba
al cabo de lo que se tramaba, y el político tampoco puso mucho
empeño en desmentirlo, el resto de prohombres escurría
el bulto ante cualquier insinuación de connivencia o complicidad
más o menos explícita con el golpe . El mismo Salmerón
ya había dicho en su día que se había visto "dolorosamente
sorprendido" por el acontecimiento.
La cuestión fue zanjada por Villacampa quien,
desde Melilla una vez más, a través del misterioso emisario,
envió una carta al diario El País, que este publicaba
el 16 de octubre de 1887, en que el exbrigadier manifestaba haber
actuado en nombre de la coalición republicana, y que por su
intervención había suspendido en varias ocasiones el
movimiento. Los militares comprometidos, decía, para convencerse
de que actuaban de acuerdo con los miembros de la Junta coalicionista,
se habían puesto en contacto con algunos de ellos, e incluso,
el propio Ruiz Zorrilla, mentor de D. Manuel, fue el último
en enterarse. Si la coalición se hubiese roto, el golpe no
se hubiese efectuado.
El señor Salmerón y los suyos, cuando
decían que nada sabían del asunto, decían una
verdad a medias. Sabían que había un golpe militar en
ciernes; únicamente desconocían el momento exacto en
que había de producirse, que es muy posible les sorprendiera.
Si el golpe hubiera triunfado, se hubieran subido al carro victorioso;
simplemente, se hubiera hecho justicia al golpe de Sagunto.
Según contaba el comandante Prieto Villarreal,
por las mismas fechas Villacampa escribía a un particular,
amigo del comandante, haciendo hincapié en las mismas ideas
"probando que nosotros no cometimos una empresa aislada, que
no haciámos una calaverada, ni una jugada de bolsa, como alguno
se atrevió a decir", entre ellos el propio embajador
en París, que sugería, en informe confidencial, que
los intentos de golpe militar de Ruiz Zorrilla pretendían influir
en la bolsa para hacer un buen negocio comprando a la baja.
En la misma carta terminaba Villacampa reconociendo
que el clima de Melilla y su enfermedad acabarían con su vida,
consolándose con la idea de que los jóvenes llevarían
a cabo sus deseos. |
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