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Villacampa en Melilla (II)
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De
vuelta en Melilla, la hija de Villacampa no tuvo otra alternativa
que la de ver pasar los días sin esperanza de que su padre
pudiera ser trasladado a otro centro penitenciario. Emilia había
encontrado alojamiento en casa de una joven y generosa maestra de
niñas que apenas llevaba un año en Melilla: Matilde
del Nido. Matilde vivía en una modesta casa de la calle de
la Soledad, y había sido contratada por la Junta de Arbitrios
como profesora para la escuela de la calle de la Iglesia. No tenía
el título de maestra, que entonces solo se exigía para
los profesores de niños. Es posible que aún viva alguna
persona que la haya conocido pues durante cuarenta años acudió
día tras día, primero al viejo local mencionado, y más
tarde al nuevo construido en la calle Alta, tiempo ha desaparecido.
La enfermedad del exbrigadier se hizo tan patente
que el día 23 de abril tuvo que ser ingresado en el viejo hospital
Real, entonces llamado Hospital Militar, donde permanecería,
salvo breves periodos, hasta el final.
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En
busca de implicados
Poco podrían imaginar padre e hija
que, mientras tanto, el Gobierno, a través de la embajada
en París, seguía haciendo gestiones para localizar
a todos los implicados en la intentona de septiembre anterior.
Según informaba el embajador, había
tenido conocimiento de que el brigadier Villacampa había
entregado a su hija, el 19 de septiembre por la tarde, una lista,
firmada por Ruiz Zorrilla y por todos los militares de alta
graduación implicados en el intento, en el que reconocían
a Villacampa como jefe del pronunciamiento. Afirmaba
el embajador que el político republicano, afincado en
París, estaba muy inquieto ante la posibilidad de que
la lista cayera en manos del gobierno, aunque sabía que
Emilia no separaba jamás del comprometedor documento.
Ruiz Zorrilla, supuestamente, había comisionado a la
mujer de uno de los golpistas, el también exiliado excomandante
Prieto, para que se pusiera en contacto con la hija de Villacampa
y le rogara que entregara la lista al simpatizante republicano
marqués de Santa Marta, a lo que Emilia se había
negado rotundamente, pues su padre le había hecho jurar
que ni aún al propio Ruiz Zorrilla debía entregarla
en el caso de que fallara la revolución en marcha.
Nada más se supo de aquella lista que quedó
en el olvido, dejándonos la duda sobre su supuesta existencia
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Calle de la Soledad,
en la que vivió Emilia
Villacampa durante su
estancia en Melilla |
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Una carta de Villacampa
Coincidiendo con el aniversario del intento de golpe,
la prensa republicana, y sobre todo el diario zorrillista El País,
volvieron a rememorar los hechos del año anterior, y poniendo
de manifiesto el carácter caballeresco del exmilitar. También
publicaba el citado diario una carta firmada por Villacampa, enviada
desde Melilla por medios que me supongo relacionados con su hija y
algún simpatizante en la plaza, dado el férreo control
que sobre el confinado existía por parte del Gobierno Militar.
No me resisto a transcribirla entera por ser un documento que puede
aportar luz sobre su personalidad.
Decía don Manuel:
Mi muy querido amigo: He recibido su carta en
la cual se refleja la triste impresión que le causan los últimos
sucesos. Preciso es, amigo mío, resignarse ante las desventuras
del presente para esperar las venturas del porvenir, que no debe encontrarnos
flacos y faltos del necesario vigor. De mí se decirle que mis
sufrimientos, lejos de aniquilarme, me fortifican moralmente y me
preparan para merecer lo único que puedo apetecer ya: la dicha
de ver próspera y feliz a nuestra querida patria. Tengo una
resignación sin igual, un dominio sobre mí que me admira,
y lo que más me sorprende es que no abrigo odios, que compadezco
a los verdugos y a los traidores y lo digo con toda la sinceridad
de mi alma aunque algún día pudiese no sabría,
ni podría hacer el más leve daño a unos y otros;
antes al contrario, les demostraría que este corazón,
tan martirizado por todo género de ingratitudes, no alienta
para ellos otra pasión que una gran caridad; una caridad sin
límites. No padezco ya moralmente; estudio, leo mucho, medito
y siento que se va apoderando de mí alma una dulce serenidad,
formándome un juicio personal de hechos y cosas que me da una
calma especial y contribuye a mi sosiego.
Algo me queda todavía que sufrir; pues creo
probable la subida inmediata de los conservadores, porque todo se
descompone y todo parece retroceder a 1867, para que luego se de la
batalla del pasado con el presente; pero aún llegado ese caso,
nada me alterará; si a ese día llego, me verá
usted tranquilo e indiferente como aquel que sabe que no hay más
que miserias en la vida, y que son muy pocos los que se sacrifican
por el ideal, así sea este tan hermoso como la reivindicación
del derecho. Yo, que desde que tuve uso de razón, me hice una
religión de la libertad, y rendí culto austerísimo
a los compromisos políticos, he visto palpablemente que el
llenarlos sirve de consuelo en la desgracia, esclarece la conciencia
y el pensamiento, depura el juicio de los errores a que le expone
la pasión y ensancha el horizonte moral de la existencia. Nunca
fui materialista, pero tampoco fanático; creía y creo
que así como la materia se transforma, mejorando sus tipos,
el espíritu, el alma, se modifica, mejorando también
en sus determinaciones. Con estos pensamientos consigo dulcificar
mis dolores físicos y morales, y esperarlo todo con la mayor
tranquilidad de conciencia.
Procure usted imitar esta resignación, y
verá cuanta fuerza adquiere en esa terrible lucha por la verdad,
por la libertad y por la patria de que ustedes los periodistas son
el ejército de vanguardia. Sin ella, sin esa resignación,
el alma vacilará, y cuando el alma vacila, no tarda mucho en
caer el brazo desarmado y el cuerpo exánime.
De usted afectísimo amigo
Manuel Villacampa". |
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