La historia revisada
Villacampa en Melilla              
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   Ante los síntomas preocupantes que presentaba el confinado, Emilia Villacampa pretendió conseguir del nuevo Gobernador lo que no había conseguido del anterior, que un médico militar hiciera un diagnóstico de la ya visible enfermedad de su padre. Extrañamente se le exigió que lo pidiera mediante instancia, cuando un caso de esta naturaleza tendría que haber sido de atención inmediata, sin formalismo alguno. El brigadier De la Iglesia parecía mantener una actitud semejante a la de su antecesor respecto a Villacampa.

   Emilia, que había hecho la petición el mismo día de la llegada del nuevo Gobernador, presentó el escrito solicitado al día siguiente. De la Iglesia nombró facultativo para el caso al entonces médico segundo de Sanidad Militar D. Pablo Vallescá , llegado al Hospital Militar de Melilla en 1883 y quien casi desde su presentación desempañaba la función de facultativo de la Plaza para atención al personal militar y familias, cargo que inevitablemente (no sin polémica) llevaba consigo el de atención a todo el vecindario.
Cementerio de San Carlos, antiguo de Melilla
  

   Reconocido Villacampa por Vallescá el 16 de mayo siguiente expedía un certificado médico en el que decía que “dicho recluso militar político padece estrechez de ventrículo aórtica con atenoma arterial bastante generalizado de naturaleza, al parecer, reumática dados sus antecedentes morbosos…”, que no amenazaba su vida de forma automática, pero que podía comprometerla seriamente “si las condiciones de clima y habitación no fueran lo suficientemente higiénicas”.
   
   Los antecedentes morbosos de la enfermedad se había manifestado por primera vez en 1878, durante su estancia en el castillo de Burgos, donde por cierto había tenido algún que otro incidente con otro hombre de recio carácter, el bien conocido por los melillenses Manuel Buceta, que desempeñaba entonces, como Mariscal de Campo, el cargo de segundo cabo y Gobernador Militar de Burgos, choque del que se derivó un consejo de guerra contra Villacampa, pero cuando este ya tenía el alma encallecida por este tipo de consejos.

   Con el certificado en la mano, Emilia Villacampa partió camino de Madrid, donde, pese a su insistencia, en un primer intento, no fue recibida ni por Sagasta, ni por Cánovas, ni por Martos, ni se le abrieron las puertas del palacio real. El asunto Villacampa era cosa del pasado y no motivaba a nadie. En un segundo intento, accede a recibirla Sagasta, quien conviene con ella en que el enfermo debe ser trasladado a la península; también Cánovas (influido por su esposa, según El País) le asegura que no se opondrá a la medida humanitaria.
  
   Pero, de vuelta a Melilla, pasa el tiempo y nada se resuelve. Se dice, incluso, que las órdenes estaban dadas. Alguien, al parecer, se cruzó en el camino y las buenas intenciones quedaron olvidadas.
 
   ¿Quién fue el que se cruzó?. Solo un órgano de prensa se atrevió a sugerir un nombre. La Correspondencia Militar, al poco de morir Villacampa, manifestaba, crítica y mordaz, que a los buenos propósitos de algunos ministros al respecto "se oponía, según dicen, el veto impuesto por el general que más pruebas ha dado siempre de amor y culto a la disciplina: D. Arsenio Martínez Campos".

 
 
 
 
 
 
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