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La historia revisada
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Villacampa en Melilla
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| El golpe militar de
1886 |
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Manuel
Villacampa fue la cabeza visible, entre todos los partidarios
del irreductible Ruiz Zorrilla, del proyecto de golpe militar
que desde principios del verano de 1886 se vaticinaba como inminente
para los más avisados. El golpe, como se vio posteriormente
, estaba deficientemente hilvanado, con adhesiones poco definidas,
con unidades militares supuestamente comprometidas que se mostraron
pasivas en el momento de actuar. Al parecer, el propio brigadier
no estaba muy convencido del buen éxito de la empresa,
y si siguió adelante fue por el compromiso adquirido
con todos los conjurados.
Cuando el brigadier Villacampa se puso al frente
del movimiento en Madrid, el 19 de septiembre de 1886, estaba
ya condenado al fracaso; por las razones antes apuntadas, pero,
sobre todo, por la pasividad encontrada entre la población
madrileña, que salvo contados elementos, en su mayoría
asistió indiferente a un golpe más de los que
tan fecundo fue el siglo XIX.
Detenido el brigadier y puesto en marcha el
proceso para el consejo de guerra subsiguiente, Villacampa quiso
que se hiciera cargo de su defensa D. Nicolás Salmerón,
el político republicano, quien desde el intento de golpe,
ante el cual, manifestaba, se encontraba "dolorosamente
sorprendido", pretendía convencer a la clase
política de que él nada tenía que ver con
el asunto, lo cual solo era media verdad. Como era de esperar,
Salmerón, en carta de fecha 29 de septiembre, repitiendo
una secuencia muchas veces representada en la historia de la
humanidad, rehuyó el cargo de defensor, que le ponía
en incómoda situación, poniendo como ingenua excusa
el "encontrarse enfermo".
Como en el caso de su segundo en el golpe, el teniente
Felipe González, de quien el abogado elegido tampoco
quiso hacerse cargo de su defensa, le fue designado un defensor
de oficio en la persona del teniente general D. Pedro Ruiz Dana.
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| Brigadier Manuel Villacampa |
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El
caso era tan claro que la sentencia del consejo de guerra, celebrado
el 2 de octubre siguiente, resultó ser la que se esperaba:
por el delito de rebelión se le condenaba a la pena de muerte
y a la accesoria de pérdida de la condición de militar.
Desde ese momento desde las filas republicanas y
otros sectores de la sociedad, se puso en marcha un vertiginoso proceso
de concienciación ciudadana y de presión en los altos
organismos públicos para evitar que la sentencia fuese aplicada.
Con resultado favorable para esta causa, puesto que el Gobierno indultó
a Villacampa sustituyendo la condena a muerte por la de reclusión
perpetua. Se ha dicho que fue el interés personal de Sagasta,
presidente del gobierno, quien hizo cambiar la opinión de sus
ministros (todos partidarios de la aplicación de la sentencia)
en sentido favorable al indulto, pues, se afirmaba, incluso la reina
era partidaria de un escarmiento. Pero si se sigue día a día
el tránsito de los hechos, la conclusión es la contraria:
fue la reina quien convenció a Sagasta de que la aplicación
de la pena de muerte mancharía de sangre los primeros años
de la Regencia, opinión real a la que no debió ser poco
ajena la voluntariosa y decidida hija del brigadier, Emilia Villacampa,
empeñada hasta límites insospechados en impedir el fusilamiento
de su padre, para lo que consiguió incluso, gracias a su tesón,
una entrevista con doña María Cristina .
El Gobierno cambió, pues, la fatal
sentencia por la de confinamiento en las lejanas tierras de Fernando
Póo, adonde se envió al condenado unos días más
tarde. Poquísimo tiempo pasó antes de que los republicanos,
y sobre todo los partidarios de Ruiz Zorrilla, jefe político
de Villacampa, proclamaran a todos los vientos que el Gobierno enviaba
al exbrigadier a la lejana colonia africana para que las enfermedades
tropicales cumplieran lo que no había podido cumplir el pelotón
de ejecución, y así, de forma indirecta, quitarse de
encima cualquier posibilidad, aún remota, de vuelta a las andadas.
Es posible que nunca sepamos si fue esta dura acusación
de los republicanos o, como aseguraba el Ministro de la Gobernación,
el aviso del Gobernador de la colonia sobre la falta de seguridad
en la misma, donde se había visto un barco extraño que
infundía sospechas sobre la posibilidad de que algún
grupo afín al exmilitar intentara liberarlo, lo que decidió
al Gobierno a cambiar el lugar de confinamiento por el de Melilla. |
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