La historia revisada
  
  
La cuestión de los diarios
sobre el "Sitio de Melilla de 1774-75"
   
Por Francisco Saro Gandarillas
  
    No he sido capaz de averiguar el número de diarios ejecutados por diversas personas durante el sitio de Melilla de 1775 y 1775. A juzgar por lo que últimamente se lee o se oye, deben existir al menos media docena, lo que no deja de ser sorprendente para una plaza militar de guarnición tan restringida como era la de Melilla en aquella época, fundamentalmente por que el espacio no daba más de sí, y eso que se hicieron auténticos milagros para "acomodar" a los más de tres mil participantes que tuvieron la ocasión de protagonizar tan señaladas efemérides.
  
   Por mis manos han pasado solamente tres: uno, de autor anónimo, que parece ser un diario oficial de operaciones; el del capitán Miranda, sin duda el más conocido desde que Fernández de Castro lo divulgara en 1939, y, por último el del médico Miguel Fernández de Loaiza, prácticamente inédito hasta la fecha, pues de él solo conocía su existencia por la escueta referencia dada en el primer tomo de las Campañas de Marruecos en cuanto a se refiere al sitio de Melilla, y solo desde tiempos no lejanos he tenido la gran suerte de poder contar con una copia, tras veinte años de empecinamiento y cuando ya comenzaba a pensar que era un asunto imposible.
 
   El diario anónimo, del que no soy capaz de sospechar siquiera su autoría, es, por su sobrio estilo funcionarial, un diario de operaciones llevado día a día al compás de los acontecimientos. Su esquematismo y su poca concesión a cualquier impresión sobre la vida cotidiana de los que arriesgaron su existencia durante el asedio, le hace, si se me permiten los adjetivos, astringente y poco digerible. Para hacerlo aún más incómodo su autor recurre con frecuencia a los apócopes, al ahorro de palabras que él cree innecesarias e incluso a la supresión de signos gramaticales que, en numerosas ocasiones hacen dificultosa su interpretación. Es, pese a ello, un diario imprescindible, porque se supone que lo que allí se refleja es la concatenación de los hechos reales. Aún así, es preciso reconocer, si admitimos la bondad de los diarios de Miranda y Loaiza, que en ocasiones el escritor no estuvo muy diligente y pasó por alto hechos que a mí, como a los citados, me parecen relevantes.

   El diario de Miranda, el más conocido, es una obra de gran interés, por su extensión, por los datos que aporta y, sobre todo, porque, al contrario que en el anónimo, en él se muestra la impresión que los acontecimientos producen en el ánimo del observador. Su estilo no parece muy sobresaliente que digamos, pero tampoco es algo que debamos esperar de quien no tenía el oficio de escritor, aunque su calidad de oficial le obligara a algo más de lo que expresa.

   El de mayor interés es, con diferencia, el diario escrito por Fernández de Loaiza. De escritura más cuidada, de mayor extensión, con mayor aportación de datos, en los que se hallan no pocos de la "historia interna" de la Plaza, nulos en el anónimo y raros en el de Miranda, a veces incluso escritos con excesiva prolijidad para lo que esperamos de un diario, y, con un insospechado sentido del humor difícil de entender en una persona para quien la existencia no estaba garantizada, como él mismo reconoce socarronamente en alguna de sus páginas. Las "notas humanas" conceden al diario del médico una calidad especial.
  
   Loaiza y Miranda llegaron a Melilla el mismo día, un 30 de diciembre de 1774. Los datos incluidos en su diario hasta ese día fueron tomados del diario de operaciones, seguramente centralizado en alguna oficina de la Plaza. En algunos casos la copia es casi literal lo que produce, inevitablemente, un cierto desencanto primario que, sin embargo, desaparece en cuanto se siguen los acontecimientos de fechas posteriores, ya enjuiciados bajo el punto de vista personal de sus autores, aunque se aprecia en ocasiones que de vez en cuando echaban una mirada sobre el diario de operaciones, probablemente para asegurarse de que no se dejan nada que fuera reseñable.
  
   La cercanía del médico Loaiza al cuartel general de la Plaza le permitía estar más fácilmente al corriente de lo que se "cocinaba" en los círculos del Comandante General y Gobernador, hasta el punto que, cuando llegaba un confidente (confidentes denostados por Loaiza) Miranda observa que la información queda reservada al Mando, mientras que Loaiza transcribe sin dificultad alguna lo que los espías a sueldo contaban a Sherlock y Carrión, con aportaciones inéditas sobre el "funcionamiento" del ejército sitiador.
  
   Hay algunas notables divergencias entre los tres diarios, cuestión que promueve a la perplejidad porque no tiene fácil explicación. Parece que tanto Miranda como Loaiza escribieron, o al menos completaron, sus diarios después de terminadas las operaciones, con base en las notas recogidas durante el asedio. Podemos suponer, por decir algo, que pudo haber alguna confusión u olvido en la trascripción de los datos, sobre todo cuando la discrepancia se halla en las fechas que, en ocasiones uno u otro colocan en días anteriores o posteriores a las de los hechos reales. No son, sin embargo, diferencias insoslayables y, con los tres diarios a la vista, pueden colocarse en su sitio sin gran dificultad.
  
   El diario de Loaiza estuvo durante muchos años en manos de una familia de antigua raíz melillense, los Moyano, varios de cuyos miembros estuvieron presentes en el sitio, y hasta 1864 se desconocía su existencia. A través de un intermediario llegó, ese mismo año, a la redacción del "Mundo Militar ", que lo publicó en diversas entregas, pero su recuerdo se perdió con el transcurso del tiempo, pese a ser un documento imprescindible para el estudio de la historia de Melilla.
  
   El diario se completa con una reseña diaria de las bombas, balas, muertos y heridos del sitio; una relación nominal de los fallecidos, con expresión de su lugar de origen y su unidad; una relación pormenorizada de las unidades presentes, tanto de las ordinarias de la plaza como las extraordinarias, con expresión de nombres de jefes y oficiales, empleados, y plantillas. Como apéndice adjunta, una relación de los principales hechos históricos ocurridos hasta aquella fecha; de los tratados de paz; de los sitios y salidas más memorables; de las epidemias, y una descripción de las kábilas del Rif existentes entre Alhucemas y Chafarinas, así como de los parajes más señalados, documentos que encontramos igualmente en otros autores de los siglos XVIII y XIX y que debían formar parte de la documentación existente en las oficinas del Gobierno de Melilla.
  
   Los tres diarios, en conjunto, son probablemente necesarios y suficientes para tener una visión bastante completa de los hechos acaecidos entre el 9 de diciembre de 1774 y el 19 de marzo de 1775, el período más intenso y dramático de los vividos por Melilla en su historia secular.
 
  
 
 
 

 
    

 
 
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