La historia revisada
Un insólito servicio de correos: los rekkas              
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   Según el doctor Ovilo, la legación de España tuvo rekkas a su servicio que hacían el trayecto de Marrakech a Mazagán, unos 190 kilómetros, en 32 horas, lo que supone una velocidad no muy inferior a la del rekka de Campou, lo que añade un dato a favor del relato del francés, si bien es verdad que el primero es un terreno más bien llano, menos complicado que el de Tánger a Fez.
 
   Según el capitán Frisch (Le Maroc, 1895), un buen sistema para soportar la dureza de la marcha era hacer 120 inspiraciones cuando se sintieran cansados y seguir con el mismo ritmo. En aquella época , según el capitán galo, era un oficio muy demandado, uno de los mejores, pues podía llegarse a ganar 40 francos al mes de media, lo que ganaba aproximadamente un caid el mía (capitán) del ejército imperial; de sueldo oficial, se entiende, por que a sus haberes se sumaban con frecuencia " ingresos extraordinarios no presupuestarios", por decirlo suavemente.
Puerta de Marrakech (1906)
  
  El ceutí Antonio Ramos (Perlas negras, 1903) conoció algunos rekkas de “performances” envidiables. Mohammed Felnasi hacía el servicio de posta inglesa entre Fez y Tánger , en 52 horas; el Aiachi, el de Tánger a Ceuta, unos 55 kilómetros, en cinco horas, y uno de sus sirvientes, que no era “profesional”, hacía el trayecto entre Ceuta y Tetuán, unos 40 kilómetros, en tres horas y media.
 
  Como era de esperar, el servicio de correos con base en la diligencia y rapidez de los rekkas, tenía los días contados, pues con el paso del tiempo, tras la impetuosa entrada de los franceses en Marruecos a partir de 1906, los rekkas iban pasado el paro a medida que los ingenieros militares iban abriendo carreteras y creando centros postales por toda la geografía, y algunas compañías marítimas establecían líneas con carácter periódico. Todavía a finales de los años veinte los últimos rekkas prestaban sus seculares servicios subiendo a los poblados enriscados en las montañas de Marruecos. Pero era solo cuestión de días. El último de los rekkas se hizo acreedor a un especial homenaje, como representante de un oficio para el que solo hubo buenas palabras y el reconocimiento de todos, incluso de los que, en el decir de algunos, no llegaron a entender al país magrebí durante el paso por sus tierras.
  
 
 
 
 
 
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