La historia revisada
Un insólito servicio de correos: los rekkas 
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Detalle de la ilustración "Puerta de Tánger", de Montbard. 1889
  
Un servicio seguro, pero sobre todo rápido
  
  El citado Campou contaba un caso que necesita una gran dosis de fe para creerlo. Un rekka que, en un momento de complicaciones diplomáticas, había partido de Tánger un viernes al mediodía y estaba de vuelta de Fez el lunes siguiente a la misma hora. Alrededor de 400 kilómetros en tres días; es decir, casi 140 kilómetros diarios. Budgett Meakin, el que fuera director del primer periódico de Tánger, The Times of Marocco, se negaba a creerlo, aunque Campou terminaba su aserto diciendo que el sacrificado rekka, con el que había hablado personalmente, había estado 36 horas durmiendo y tras despertar se tomó, en el transcurso de dos horas , cinco platos de cuscús y 20 tazas de té.
 
   La mayoría de los que se refieren a estos duros corredores dan como buena una velocidad de 50 a 60 kilómetros diarios, que en ocasiones mantenían durante diez o quince días seguidos, lo que, aunque muy meritorio, entra dentro de lo admisible.
 
  El inglés Montbard (Among the moors, 1894), en Marruecos en 1889, hace esta sensiblera descripción: “Es un rekka, un correo que lleva la correspondencia de Tánger a Fez. Y se mantendrá en ruta a esta velocidad durante horas seguidas sin apenas tomarse tiempo para comer o descansar, continuando a través de montañas, llanuras, valles, a su paso rápido e invariable. Cruzará a nado ríos crecidos, luchando contra la terrible corriente y los traidores remolinos; su piel será bronceada por el sol, los vientos helados, la lluvia diluvial, y aún su talón calloso recorrerá el terreno a su paso infatigable e inalterable, y el sudor que cae de sus miembros será absorbido por la reseca tierra.
  Y una mañana ninguna carta llegará a Fez en el tiempo esperado; aguardarán en vano al transportista, y pesarán sobre el miserable infeliz terribles acusaciones. Después, en un día lejano, en una cuneta a la orilla del camino, encontrarán, cerca de un esqueleto, una cartera de hule conteniendo cartas, y entonces dejarán de acusar al desgraciado rekka, que ha perecido en un apartado rincón como un pobre y enfermo animal que se guarece en una grieta de la roca al sentir que la muerte se acerca, con el fin de dar el último suspiro en paz. ¡Pobre rekka!.

 
  No solo a Montabard se le encogía el corazón viendo a estos auténticos “esforzados de la ruta“, recogiendo una frase ya tópica en algún deporte popular; todos aquellos que poco o mucho vivieron las vicisitudes de esta gente se sintieron conmovidos por su durísimo trabajo.
 
 
 
 
 
 

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