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La historia revisada
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Un insólito servicio de correos:
los rekkas
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Organización
del servicio
Hasta que en 1870 España organizara un servicio
de rekkas permanente, en Marruecos no había ni fechas
ni horarios fijados. Había rekkas en todas las principales
ciudades del imperio que, en tanto no se le encargara un envío
determinado, se dedicaban a cualquier otra actividad, pero siempre
disponibles para emprender el camino para cualquier lugar, por
distante que fuera. Las cartas no iban cerradas, ni quiera con
las clásicas obleas utilizadas en otras partes del mundo,
pero como todas los rekkas eran analfabetos nadie temía
de que se enteraran de su contenido; se liaban con una cuerda
o hilo de lana y se portaban en una cartera de cuero que el
rekka llevaba colgada de su costado.
Todo el servicio se basaba fundamentalmente
en la confianza y, al parecer, esta estaba garantizada en cuanto
a seguridad y discreción. |
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| Trayectos
de rekkas en Marruecos en 1905 (Bulletin du comité
de L'Afrique francaise) |
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Formaban una corporación independiente, bajo las
órdenes y supervisión de un amin rekkas, en Fez, del
que el caústico Ludovic de Campou (Un empire qui croule. 1886)
decía, con sorna malévola, que desempeñaba el
papel de ministro de Comunicaciones, aunque en aquellos años,
cuando no había trabajo postal, se ganaba la vida como mozo
de cuerda. El amin, un antiguo rekka, se hacía responsable
de la exactitud en el servicio y de tener siempre a mano el suficiente
número de rekkas para cubrir cualquier necesidad.
Ni que decir tiene que en esta época no había
en Marruecos ni servicios de diligencias ni telégrafo alguno,
aunque ya se pensaba en establecer un cable entre Tánger y
Gibraltar.
Edmundo de Amicis, con su enternecedor entusiasmo por las cosas
de Marruecos, por donde deambulaba en 1877, hacía esta descripción:
y no hay vida más miserable que la que arrastran
los correos. No comen por el camino mas que un pedazo de pan y algún
higo; solo se detienen algunas horas de noche para dormir, con el
pie sujeto a una cuerda, a la cual prenden fuego antes de adormecerse,
para despertar pronto; caminan días enteros sin encontrar un
árbol, ni una gota de agua; atraviesen bosques infestados de
jabalíes, suben montañas inaccesibles a los mulos, suben
las pendientes a cuatro pies, sufriendo el sol de agosto, las lluvias
interminables del otoño, el viento abrasador del desierto,
yendo de Tánger a Fez en cuatro días, en una semana
de Tánger a Marruecos (como se llamaba a Marrakech entonces),
de un extremo a otro del Imperio, solos, descalzos, medio desnudos,
y cuando llegan
vuelven a marchar. ¡Y hacen todo este
viaje por pocas pesetas!.
Durante el tiempo en que el capitán Erckmann (Le
Maroc moderne. 1885) prestaba sus servicios como jefe de la artillería
del sultán, entre los años 1878 y 1883, un rekka percibía
20 francos por una carrera de 250 kilómetros a cumplir en un
plazo de tres días. No era tan poco dinero para los jornales
habituales en el imperio, aunque no era mucho si consideramos el sacrificio
que suponía. Según el propio Erckmann la alimentación,
en un viaje de ida y vuelta, le costaba menos de 30 onzas (Una onza
= una ukía = 6 piezas de 16 flus de cobre). No hay que olvidar
que solamente cobraba por carrera efectuada, y podía pasar
mucho tiempo entre carrera y carrera.
En 1870 se creó el primer servicio postal permanente,
a cargo de rekkas, bajo instancia de la Legación de España
en Tánger, correos que prestaban sus servicio entre esta ciudad
y los principales puertos de la costa atlántica. Según
el citado capitán Erckmann, no inspiraba ninguna confianza
porque los empleados de los consulados abrían las
cartas sin la menor vergüenza.
En tiempos de Muley Hassan, cuando la diplomacia
europea presionaba en Marruecos, se estableció un correo semanal
fijo entre la capital diplomática Tánger
y la sede imperial Fez-, quizá como resultado de la insistencia
del indispensable Sir John Drummond-Hay ante el sultán, al
que recomendaba reformas en el país, reformas que se hacían
esperar eternamente. Los rekkas se reunían diariamente con
el gran visir Jamaï quien, cuando debían desempeñar
un servicio, les daba las indicaciones indispensables para que no
se equivocaran de destinatario, con el riesgo de un enojoso apuro
diplomático. |
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