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Del Marruecos tradicional
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Un insólito servicio de correos: los
rekkas
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| Por Francisco Saro Gandarillas |
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Uno
de los asuntos que más desconcertaban al Estado Mayor del cuerpo
expedicionario en Melilla durante las operaciones militares de la
guerra de Margallo era el hecho preocupante de que mazuzis y chikris,
según confidencias recibidas en la plaza, parecían estar
perfectamente al día de todo lo que se fraguaba, tanto en sede
gubernamental como en la propia plaza, con respecto a movilización
de tropas, traslados de unidades, contactos diplomáticos, y,
lo más inquietante, futuras operaciones; es decir, todo aquello
que un Estado Mayor no puede permitir que llegue a oídos del
enemigo, aunque fuera un enemigo tan poco convencional como el que
entonces tenían enfrente. Para ello se había establecido
un rígido control de entradas y salidas al campo vecino, de
forma tal que a los pocos confidentes que se atrevían a pasar
la línea se les recibía antes de clarear el día
o ya entrada la noche, pasando siempre a distancia de las tropas acampadas
y evitando en lo posible cualquier contacto con periodistas o personas
ajenas al ejército en campaña con el objeto de evitar
cualquier tipo de indiscreción; por otra parte, para mayor
seguridad, durante el día la costa era vigilada por alguno
de los barcos de la Marina presentes en el conflicto .
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Pero
el caso era que los fronterizos estaban al cabo de todo, asunto
de difícil explicación. Unos meses más
tarde, ya terminada la campaña, pudo aclararse tan curiosa
situación. Fue el doctor Ovilo, el médico militar
que durante varios años tuvo a su cargo la dirección
de la escuela de Medicina de Tánger, el que relató
como pudo darse tan singular circunstancia. Lo mismo que en
Melilla, en Tánger, donde vivía una numerosa colonia
española, se recibían diariamente los periódicos
peninsulares con noticias provenientes de centros oficiales,
así como las crónicas de los numerosos periodistas
(en algún momento llegó a haber cerca de treinta)
asentados en Melilla durante la campaña que, como pasaría
años más tarde durante las campañas de
Marruecos (Abdelkrim llegó a decir que estaba al cabo
de lo que se maquinaba en los estados mayores por la prensa),
no mostraban el menor recato a la hora de contar lo que ocurría
y lo que habría de ocurrir, no pocas veces simples bulos
salidos a propósito de los salones del Casino Militar
de la calle San Miguel. Los periódicos llegados a la
capital diplomática de Marruecos eran leídos en
un café del zoco tangerino por un grupo designado al
efecto, grupo que resumía las noticias más interesantes
y transcribía en un papel, papel que era entregado rápidamente
a un peatón que, tras ocho horas de carrera, llegaba
hasta las cercanías de río Martín. Allí
era recogido en un falucho de apariencia poco sospechosa que
se hacía a la vela sobre la marcha, y si el tiempo era
favorable, en poco tiempo varaba en Cala Charranes, donde otro
peatón, a la carrera igualmente, lo llevaba hasta el
Had de Beni Chicar. Así, en un tiempo razonable, similar
al que tardaba la prensa en llegar a Melilla, los fronterizos
estaban, como los melillenses, al cabo lo que se avecinaba.
Esto nos introduce en el tradicional sistema de
transmisión de información por medio de peatones
que en Marruecos perduró hasta bien entrados los años
veinte del siglo pasado; es decir hasta que la construcción
de carreteras de sólido firme y los vehículos
de motor acabaron con tan sorprendente, pero eficaz, sistema
de correos.
Ya el diplomático Pidou de Saint Olon
(Estat present de lempire du Maroc.1694), en la corte
de Muley Ismail en 1693, mencionaba la diligencia y el poco
coste de tal servicio, ejecutado por hombres (los rekkas) y
caballos endurecidos ante la fatiga, pese a que,
decía el diplomático, se alimentaban con muy poco,
en las mismas condiciones en que se mantendrían durante
más de dos siglos. |
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Dibujo
de un rekka, hombre del servicio
de correos del Marruecos
tradicional |
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| Un siglo más
tarde, se hace el mismo servicio pero sin caballos, exclusivamente
a pie. Así los veía el cirujano Lemprière (A
tour from Gibraltar
1792), en 1790, cuando desembarcaba en Marruecos
para atender a un hijo del Sultán gravemente enfermo de la
vista. Llamaba su atención su aspecto miserable y, sin embargo,
su extraordinario valor ante las dificultades de su oficio, capaces
de llevar cartas de particulares y despachos oficiales a 300 o 400
millas de distancia, a razón de 30 o 40 millas al día,
sin más alimento que un poco de pan y unos higos, alimento
que, por su simplicidad y escaso peso seguiría siendo el básico
en tiempos posteriores. Según el médico inglés
el servicio se hacía con una gran exactitud, franqueando ásperas
montañas y siguiendo senderos por lo que no podría pasar
un caballo. Ponía como ejemplo el de un rekka que hacía
el trayecto de Marrakech a Tánger (entonces estimado en unos
650 kilómetros) en seis días; es decir, más de
100 kilómetros diarios. Como veremos, aún los habría
más veloces años más tarde. |
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