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La historia revisada
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El león norteafricano
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| En el siglo XIX |
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Los leones magrebíes eran muy selectivos
en su alimentación. Varios son los autores que remarcan que,
por ejemplo, no les apetecía la carne de judío. Esta
particularidad propiciaba que fueran judíos los encargados
de vigilar jaulas y fosos de los leones en cautividad. Según
el geógrafo Malte-Brun, "Lempire de Maroc, 1813",
en ocasiones algunos judíos eran arrojados al foso de las fieras,
como Daniel, sin que ocurrieran desgracias irreparables. Bien es verdad,
añade el francés, que sus correligionarios encargados
de los grandes felinos, procuraban tener bien alimentadas a las bestias
por si acaso.
John Buffa, médico británico en Gibraltar,
que estuvo en Marruecos en 1806, añade que no solamente los
judíos, si no que también pasaban de mujeres
y niños. A Buffa le contaron la llamativa historia de un judío
a quien el pérfido Muley Iazid había arrojado a los
leones, que llevaban sin comer un día entero, y que las fieras
ni siquiera lo tocaron; a continuación las echaron una vaquilla
y la devoraron a gran velocidad.
Es difícil determinar el número de
leones que podía haber en el norte de África en aquella
época; posiblemente, al menos hasta la llegada de los franceses,
fueran más abundantes en Argelia.
Las noticias sobre leones son siempre fragmentarias
y cuanto más precisas más dudosas.
El geógrafo Graberg de Hemso, que fue agente
general de Suecia en Marruecos por el año 1818, asegura, "Specchio
geografico e statistico dellImpero de Marocco, 1834",
que en aquella época, leones y panteras solían bajar
desde las montañas de Beni Arós hasta las mismas puertas
de Larache.
Nos cuenta el coronel Carrillo, presente en Tánger,
en informe manuscrito, "Apuntaciones generales sobre el imperio
de Marruecos, 1828", que los cónsules de la ciudad
temblaban ante la posibilidad de que el Sultán les diese, para
sus soberanos, alguno de los cuatro jóvenes leones encerrados
en la alcazaba, cada uno de los cuales consumía once libras
de carne diarias, que, como era de esperar, pagaban por turno riguroso
los judíos de la plaza.
De esta época nos queda como recuerdo gráfico,
el conocido cuadro de Delacroix, "La chasse des lions au Maroc",
fruto fantástico del viaje que el pintor realizó por
el país magrebí en 1832.
Parece digno de crédito lo que escribe Sir
John DrummondHay, que mató un león en las cercanías
de Tánger en 1846. Esta hazaña se lo volvió a
contar el cónsul personalmente a los naturalistas Hooker y
Ball en 1871; el propio Hooker, "Journal of a tour in Morocco
and the Great Atlas, 1878", dice que "no estaba
preparado" para oír tan singular (y preocupante) historia,
teniendo en cuanta que ambos se disponían a penetrar en Marruecos
en busca de plantas y minerales.
Más difusa es la información de Gatell,
a quien mostraron huellas de leones sobre la arena del Sus.
A partir de entonces las noticias sobre leones se
moverían entre lo especulativo y lo fantasioso. Son cada vez
más los viajeros por el territorio magrebí, sin que
de estos viajes se desprenda experiencia personal alguna al respecto.
El clérigo León Godard (1858), buen
conocedor del país (aunque actualmente vituperado por su supuesta
visión parcial y eurocéntrica de la realidad) , los
limita, "Le Maroc, 1859", a las soledades boscosas,
poniéndoles como casi extinguidos en la zona septentrional.
En 1876, el viajero Leared, "Morocco and
the moors, 1876", aseguraba que ya nadie hablaba de leones
en Marruecos, restringiendo a las montañas del Atlas a los
escasos supervivientes.
También la imaginación contaba lo
suyo; el capitán Phillips Durham Trotter, "Our misión
to the court of Marocco, 1881", que acompañaba a Sir
John en una misión diplomática en 1880, confesaba su
nerviosismo cuando escuchaba a uno de los integrantes del grupo, Boomgheis,
que había oído rugir a unos leones en la zona de Uazan.
Su compatriota, el pintor Montbard, "Among the moors, 1889",
refiriéndose a su viaje por Marruecos en compañía
del célebre periodista Walter Harris, consideraba como "un
asunto muy serio", el que Harris les avisara de que había
un león rondando por los alrededores. Era una de las clásicas
bromas del travieso periodista.
Tanto el "Nouveau Dictionnaire de Geographie
Universelle (1887)", como la "Geografía Universal"
del geógrafo Reclús (1889) informaban de que los leones
marroquíes existían principalmente en las montañas
del Rif, "en las cercanías de la frontera argelina";
es decir, no lejos de Melilla, cosa absolutamente inverosímil.
En la cercana Argelia, los franceses, principalmente
representados por el celebrado oficial de spahis Jules Gerard , el
llamado "tueur de lions", hicieron desaparecer a
gran velocidad el censo de leones. Un tipo como Gerard, aplaudido
y envidiado en su tiempo, con una estatua en el centro de su ciudad
natal, pasó a la historia por haber matado 25 leones en once
años, dejando grandes zonas del país despobladas del
felino. Daudet tomó su figura como ejemplo para su personaje
del Tartarín.
Todo parece indicar, sin embargo, que sobrevivieron
más leones en Argelia que en Marruecos, y en 1880, escribe
Ángel Cabrera, todavía se cazaron en aquel país
16 leones.
En aquel año, según le contaron viejos
cazadores indígenas al zoólogo, ya no había leones
al norte del río Bu Regreg y de la zona de Taza. Los pocos
que quedaban se hallaban en parajes recónditos del Atlas.
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