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La historia revisada
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El león norteafricano
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| En el siglo XVII |
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Parece
que la fama de cobardes de que gozaban los leones del Uarga
les acompañó en el siglo siguiente, pues un escritor
anónimo inglés escribía en 1609 que "la
gente del país en el que se criaban más leones,
cuando se encontraban con uno, lo miraban fijamente a la cara
con rostro severo y airado, insultándole y reprendiéndole,
haciendo que el león saliera corriendo como un perro".
En 1681, Mouette, "The travels of
the Sieur Mouette in the Kingdoms of Fez and Morocco, 1710",
dice que se capturaban leones utilizando las matmoras (los silos
subterráneos en los que se guardaban las cosechas de
grano), en las que se colocaban ovejas como cebo.
Seguían siendo abundantes, pues Frejus,
en 1670, en su viaje desde Alhucemas, vio leones vagabundeando
por las llanuras de Taza, y el corsario capitán Phelps,
capturado por los piratas saletinos en 1685, se topó
con varios leones camino de la costa, cuando escapaba de sus
captores. |
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Gustavo Doré |
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Su
abundancia parece confirmarse porque, según escribe mi ilustrado
amigo Carlos Posac, "Andanzas de un caballero malagueño
por tierras marroquíes, 1982", el historiador portugués
Fernando de Menezes afirmaba en su día que en la ribera africana
del Estrecho se cazaban tantos leones en la primera mitad del siglo
XVII que en el mercado de Tánger se vendía la carne
para su consumo.
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| En el siglo XVIII |
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Thomas Pellow hizo el recorrido de Mequinez a Tafilalt
en 1735. De su experiencia salió una publicación, "The
story of the long captivity and adventures
, 1739",
en la que daba consejos a los posibles viajeros sobre como salir airosos
de un encuentro con leones. La primera norma era insultarle, pero
en la lengua del país, no fuera que los animales no entendieran
su lengua materna, con el fatídico resultado que se podía
esperar. La segunda, mirarle fijamente dándole a entender que
no se le tenía miedo. El león, atemorizado "se
levanta sobre sus patas, azotándose duramente el lomo con la
cola, caminando sobre aquellas, rugiendo de forma terrible
";
cuando se halla a una cierta distancia el león volvía
a sentarse de cara a la inasequible víctima. y el proceso volvía
a repetirse, con los mismos insultos y el mismo talante amenazador;
generalmente, a la tercera vez se iba definitivamente abandonando
el campo. Desde luego hay que tener una infinita reserva de fe para
creerse semejante asunto. Aunque Pellow afirme a continuación:
"se que es verdad porque me he visto algunas veces obligado,
en mis viajes a través del país a efectuar el experimento".
La secuencia anterior es sospechosamente similar a la ya mencionada
para el siglo XVII, a cargo del escritor anónimo de 1609.
Según Budgett Meakin, "The land of
the moors, 1903", por el mismo tiempo, el doctor Drown decía
que, efectivamente, ese era el modus operandi de los árabes
en casos similares, pero añadía que jamás se
había encontrado con nadie que mencionase una experiencia personal
con aplicación de tan original experimento.
Para darle más color a la cuestión,
Charant recomendaba aterrorizar a la bestia flameando un turbante
desenrollado como si fuera una serpiente.
Con el paulatino incremento de la posesión
de armas de fuego en manos de la gente, el número de leones
fue descendiendo sensiblemente desde finales del siglo anterior, hasta
el punto de que el padre dominico Busnot, enviado por Luis XIV para
entrevistarse con Muley Ismael y negociar la liberación de
los esclavos franceses, reconocía que habían disminuido
mucho en número y solo se les veía ocasionalmente en
sus guaridas del Marruecos central, entre la zona de los Zemmur y
Tadla. Evidentemente estaban mucho más extendidos, como veremos
después.
Durante el siglo, los leones eran habitual objeto
de regalo de los sultanes de Marruecos a los monarcas europeos. En
1785 Mohammed ben Abdallah envió al rey de España, entre
otros animales, un león y una leona.
El cirujano Lempriére hizo un viaje a la
corte magrebí en 1789 para curar a uno de los hijos del sultán
de una afección a la vista. De su relato posterior, "A
tour from Gibraltar to Tangier, Sallee , Mogodore, Santa Cruz, Tarudant,
and thence over Mount Atlas to Morocco
, 1791", se extrae
que el Atlas, por donde cruzó camino de Marrakech, estaba lleno,
no solo de leones, sino también de tigres (¿), lobos,
jabalíes y serpientes monstruosas; eso sí, siempre ocultos,
pues solo salían cuando el hambre les acuciaba. El propio Lemprière
dice haber avistado un tigre en las cercanías de Tarudant,
aunque durante su paso por el Atlas solamente vio unas águilas
de tamaño descomunal.
El conde Potocki , por la misma época, daba
la versión más verosímil en cuanto a la existencia
de leones, situándolos en el bosque de la Mamora, cercano a
Mehedía, bosque que evitó en su camino por la costa,
aunque él mismo reconoce que no eran muy peligrosos dada la
abundancia de jabalíes en la zona, bien protegidos por su naturaleza
impura según la ley musulmana, pero magnífico manjar
para los leones, permitiéndoles estar bien alimentados.
La existencia de leones y jabalíes en la
Mamora fue confirmada, algunos años más tarde por el
teniente de la marina real inglesa Washington, quien viajó
por gran parte de Marruecos durante el invierno de 1829 a 1830. |
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