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La historia revisada
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Las guardias rifeñas
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| Poblado de Farhana en 1922 |
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Sabiendo
de antemano que cabila entraba de guardia, Melilla conocía
aproximadamente lo que podían esperar durante los tres días
que duraba aquella, pues no todas las cabilas eran igual de agresivas.
Las más temibles era las más cercanas Mazuza y Beni
Sicar, no solo por supuestos o reales agravios pendientes con la plaza,
sino también por su mayor conocimiento de caminos y veredas
por donde llegar hasta los propios fosos. Ciertamente, en caso de
operaciones militares, ambas cabilas, por su cercanía, resultaban
ser las más perjudicadas. Además, los confidentes eran
siempre de estas dos cabilas y, como todo el mundo en Melilla sabía,
actuaban como agentes dobles, facilitando a sus hermanos toda la información
sensible que sirviera de apoyo a sus agresiones, como estado de la
plaza, guarnición existente, medios recibidos de la península
e incluso los materiales aportados para reparación y mantenimiento.
Las cabilas de Beni Sidel, Beni Bu Gafar y Beni bu Ifrur, aún
manteniendo una férrea vigilancia, eran mucho más pasivas
que las dos primeras, no adoptando casi nunca una actitud belicosa.
Era durante estos días cuando el Cuerpo de Ingenieros aprovechaba
para efectuar las obras y reparos necesarios, pues era el único
momento en que los operarios podían estar al descubierto con
casi entera confianza.
El brigadier Santillana recordada en su memoria
lo que durante siglos exigieron todos los gobernadores de Melilla:
la existencia de un Bajá del campo, con plenos poderes del
gobierno marroquí, y fuerza suficiente para impedir el permanente
bloqueo de la plaza. En su defecto pedía el ingeniero conversaciones
entre la plaza y los fronterizos para alcanzar un buen acuerdo de
convivencia, como, ciertamente con poco éxito, se hizo en algunas
épocas.
Armamento
Desde tiempo inmemorial el fronterizo utilizaba
la vieja espingarda de cañón largo y culata corta. Procedente
de la venta del armamento por parte de los desertores del ejército
imperial, el posterior Aaskar, o de la fábrica de Tetuán,
no era difícil ni costoso hacerse con arma de estas características,
si bien su rendimiento era muy inferior al de las armas contemporáneas
utilizadas ya por los ejércitos europeos. De un calibre muy
pequeño, el rifeño hacía penetrar la bala redonda
en el cañón rodeada de un poco de lana u hoja de palmito
para ajustarla al calibre, siendo su alcance muy reducido y muy grande
su desviación. Antes de introducir el proyectil le mordía
para originarle puntas que hacían las heridas mucho más
graves por desgarro.
A mediados del siglo XIX, y también procedentes
del Aaskar o del contrabando de armas que comenzaba a extenderse por
la costa rifeña, comenzaron a utilizarse los fusiles europeos
de piedra de chispa de gran calibre, que ya estaban dejando de utilizarse
en el viejo mundo, cosa que alegró sobremanera a los mercaderes
de armas que vieron una salida al obsoleto armamento.
El cambio sustancial en la calidad del fusil vino de la
mano del remington, de 11 mm.,de retrocarga, mucho más preciso
y de mayor alcance, que promovió igualmente una gran contrabando
de armamento en la costa marroquí, con orígenes diversos,
entre ellos la costa del sur de España. Cuando se ocupó
el campo aledaño de Melilla, el combatiente rifeño utilizaba
toda clase de armamento ligero, desde el antediluviano fusil de llave
de pedernal de 1815, pasando por el remington (el qelata de los marroquíes)
, el Martíni- Henry (el bu hofra), Peabody, el Winchester (el
settachía) y finalmente, ya terminando el siglo, el mauser
(el llamado jamasía, cinco cartuchos), cuyo elevado precio
le hacía solo asequible a los más acomodados.
El combatiente rifeño
Muchos años de tensión entre plaza y campo,
pero al mismo tiempo, en temporadas, de trato personal, habían
dado, como consecuencia unas ideas sobre el enemigo secular que resultan
curiosamente coincidentes entre los autores de memorias e informes.
Entre los aspectos que podríamos calificar
de positivos estaban la de ser altos, bien formados, forzudos, ágiles
y fuertes. Muy tenaces y firmes en la defensa de sus posiciones. Causaba
admiración entre sus contrincantes su inaudito atrevimiento,
sobre todo por parte de mazuzis y chikris. Poco antes de la llegada
a Melilla del capitán Alvear habían destruido por dos
veces la contraescarpa del fuerte de Santa Bárbara, y entrado
incluso, en varias ocasiones, dentro de los huertos destruyendo los
bancales de hortalizas, cortando árboles y arrancando viñedos.
Los cabileños se establecían, con la mayor desfachatez,
en la parte del foso que corría entre el fuerte del Carmen
y el espigón de San Jorge, aprovechando las escasa guarnición
de estos dos elementos defensivos, donde colocaban sus propios parapetos
y la emprendían a pedradas con los soldados descuidados. El
propio Alvear contaba que, cuando aquellas dos cabilas entraban de
guardia, raro era el día que no hacían alguna
asonada. Para evitar sorpresas por estos puntos débiles
se creó, a principios del XIX, la llamada Partida suelta de
la Explanadas, que desde 1830 sería conocida como Partida de
la Estacada, compuesta esencialmente por los confinados de condenas
más cortas, dada la escasez crónica de la guarnición,
partida que al Gobernador Rafael Delgado no le merecía mucha
confianza en 1838, pues muchos aprovechaban la situación para
desertar.
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