Las guardias rifeñas
El brigadier Santillana, en memoria de 1845,
afirmaba que, aunque desde 1774 no se había experimentado
un sitio formal en Melilla, las hostilidades de los fronterizos
no habían cesado nunca, pareciéndole admirable
al ingeniero militar la constancia y sacrificios personales
que ello suponía para aquellos, no encontrando otra explicación
que la intolerancia religiosa y el odio tradicional; en
una palabra, la incivilización y la barbarie.
Melilla se hallaba rodeada de cinco kabilas (o partidos, como
se las llamaba a principios del siglo XIX). Benibuifrur, Beni
Bu Gafar, Beni Sidel, Beni Sicar y Mazuza. De ellas, según
Morales, en 1844, Beni Buifrur, aportaba 1.500 hombres de armas;
Beni Sicar, 2.000; Beni Sidel, 1.800, Beni Bugafar, 1.500 y
Mazuza, 2.000; en ayuda de estas kabilas, aunque no perteneciente
a la confederación de Guelaya, la kabila de Quebdana
aportaba unos 1.000 hombres más, cifras casi coincidentes
con las facilitadas por Alvear, que solamente difiere en que
Beni Sicar aportaba 2.500 hombres y Mazuza la misma cantidad;
en total había entre 10 y 11.000 hombres dispuestos a
empuñar un arma en caso de movilización general.
En 1870, el capitán Xaudaró estimaba en unos 20.000
infantes y unos 300 caballos los disponibles en la confederación,
de los que unos 1.400 formaban el núcleo esencial de
las guardias. Sin embargo, en Melilla era bien conocido que
gracias a su eficaz sistema de información, en caso necesario
toda la fuerza rifeña combatiente se hallaba en el campo
en menos de 12 horas.
Al frente de todos ellos estaba el llamado
cabo, designado por consenso entre aquellos kabileños
destacados por su valor en combate, medios económicos
o influencia entre su gente.
Todo este contingente daba cuerpo a una guardia
permanente que, alrededor de Melilla , vigilaba cualquier movimiento
hecho en la plaza , tanto de hombres como de barcos, para, en
caso necesario, impedir un avance y dar tiempo a que el resto
de los hombres acudiera al rebato.
Las guardias, organizadas en el mismo orden
de kabila expresado anteriormente, se relevaban cada tres días,
con un número de hombres variable en razón al
contingente expresado en cada kabila e incluso la estación
del año, con el objeto de adecuar los contingentes a
las labores del campo. Oscilaban entre 150 y 400.
Por la noche, para evitar sorpresas por parte
de la guarnición de Melilla, se aumentaba la vigilancia,
tanto en número de efectivos como de puestos, acercándose
estos últimos a las murallas, con lo que todo el campo
quedaba prácticamente cubierta por las guardias.
Los kabileños entrantes se reunían
en las plazas de armas, lugares amplios, despejados y fuera
de las vistas de la plaza. De allí, a través de
las trincheras, se distribuían por los distintos ataques.
Según Santillana, en Melilla nadie
recordaba que una kabila hubiese faltado jamás al servicio
de guardia.
Los cabos eran, al mismo tiempo que jefes
natos, recaudadores de los impuestos con los que, en especie,
debían contribuir las kabilas para la subsistencia de
las guardias respectivas, así como del dinero necesario
para la adquisición de munición de guerra, ambos
conceptos administrados por aquellos. Sin embargo, en la mayoría
de las ocasiones era el propio combatiente quien subvenía
a sus necesidades.
El cuartel general se hallaba en lo que quedaba
del antiguo fuerte español de Santiago, muy reformado
por añadidos posteriores, que si bien dominaba casi todo
el campo, a su vez era un objetivo muy visible para la artillería
de la plaza, lo mismo que la mezquita cercana, ambos dañados
en ocasiones por los proyectiles cristianos. El propio cuartel
servía de comedor general a la hora del condumio. Al
establecerse los nuevos límites de Melilla el cuartel
general pasó a las cercanías de la alcazaba de
Farhana.
La habitual regularidad y puntualidad en el
orden de los relevos y en los horarios de aquellos tenía
también grandes ventajas para la guarnición española
. El relevo se hacía a las 10 de la mañana, aunque
no siempre de forma simultánea, iniciándose a
veces durante la noche anterior conforme al mayor o menor entusiasmo
de los vigilantes.
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| Cuerno de pólvora |
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| Bereber (Meakin 1899) |
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