|
La historia revisada
|
Las guardias rifeñas
|
3
|
|
|
|
|
|
| |
|
 |
|
| Alcazaba de
Farhana, en el centro de la imagen, en una fotografía tomada
en 1905 |
|
Baterías y ataques de artillería
Los ataques de artillería se situaban en
la cresta de las colinas próxima aunque, afortunadamente para
la plaza, con muy escaso espacio para el servicio de las piezas y
aún estando estas mismas generalmente muy deterioradas, utilizándose
semienterradas y con espaldones muy gruesos. Esta extraña forma
de servirse de las piezas hacía, por un lado, que su eficacia
real fuera escasa, pero por otro lado las hacía muy difíciles
de desmontar. Según el mencionado Alvear, al rifeño
no le importaba afinar el tiro sobre un punto determinado, sino hacer
daño, y cualquiera que fuese el lugar de caída del proyectil,
siempre hacía algún daño. En ocasiones ni siquiera
hacían uso de la cureña, fijando el cañón
entre grandes piedras.
Detrás del ataque Seco, en la misma dirección,
pero a 580 metros del fuerte de Victoria Grande, se hallaba la batería
de la Horca, en el lugar que hoy se llama monte de Maria Cristina.
Capaz de contener hasta tres cañones, en 1846 tenía
una sola pieza de a 12, que mantenía a la plaza en actitud
recelosa por su situación frente a la iglesia del pueblo y
casas inmediatas.
Por encima del ataque de Tarara, en lo alto del
cerro de San Lorenzo, se hallaba la batería de San Lorenzo,
para un cañón, cuya elevación y proximidad la
hacía temible para la plaza.
Algo más al sur, a 722 metros de la torre
de Santa Bárbara y 963 de la Marina, se hallaba la batería
del Tesorillo, también para un cañón, cuyo objeto
era el de impedir el acceso y anclaje de los buques.
En el cerro de Santiago tenían otras dos
baterías, la de Santiago y la de la Higuera, capaces para cuatro
cañones, a 736 y 722 metros de distancia de la torre de Santa
Bárbara, que los kabileños utilizaban en raras ocasiones,
para evitar atraer hacia aquella parte los fuegos de la plaza, ya
que en sus inmediaciones se hallaban el cuartel de Santiago, general
de las guardias y la mezquita del mismo nombre. Solamente en casos
de utilización general de las piezas hacían uso de las
mismas.
Todas estas baterías, cinco con nueve cañones
en total, flanqueaban en su totalidad las defensas de la plaza. Solo
la parte cubierta por la peña donde se asienta la plaza, y
los edificios de la misma, se salvaban de este flanqueo, desde la
Concepción hasta la Florentina. Como la plaza presentaba, más
claramente entonces, un plano inclinado hacia el sur y sudeste, la
mayor parte de sus proyectiles incidían en los edificios oficiales
y particulares, precisamente lo que, según el teniente Conti,
pretendían los artilleros kelais, persuadidos del poco efecto
que su tiro tendría sobre murallas y almacenes a prueba.
Cada cabila tenía su propio cañón,
lo que suponía un esfuerzo no pequeño para dotarlos
de pólvora y munición. Si alguna cabila contribuía
con pólvora al uso del cañón de otra, tenía
igualmente derecho a apuntarlo contra Melilla, lo que suponía
no pocas controversias en beneficio de la plaza, pues, según
Alvear, a veces se pasaban varias horas apuntándolo. No hay
que olvidar que el cañón tenía un componente
sagrado para los musulmanes -el cañónmorabo de
que hablaba el padre Godard-, que incluía el derecho de asilo
para quien se refugiaba entre sus piezas. Sin embargo, y afortunadamente,
la dificultad de procurarse un elemento tal hacía que en sus
mejores tiempos nunca las kabilas tuvieran más de cinco cañones
al mismo tiempo, número que con tiempo fue reduciéndose
hasta que en 1871, cuando la guarnición de Melilla hizo una
salida para neutralizar su artillería, ya solamente les quedaba
uno y en no muy buen estado. Cuando el francés Vicendon-Doumulin
visitaba Melilla en 1855, en crucero de observación de las
costas marroquíes, los fronterizos disponían de cinco
piezas, una de ellas de a 24, que el propio Vicendon consideraba muy
difíciles de desmontar por estar bien protegidas.
Causaba gran incertidumbre en la plaza cuando la
campana de la torre del reloj anunciaba, primero con un toque, que
los rifeños se disponían a utilizar un cañón;
con dos toques, que el cañón estaba apuntado, momento
en todos sus habitantes bajaban a las cuevas que tenían en
sus casas, en las que permanecían hasta después de efectuado
el disparo, momento que era señalado con tres toques de campana.
En días festivos, sobre todo en las Pascuas,
era habitual que las kabilas utilizaran el cañón contra
la plaza; en estos días, según el brigadier Santillana,
acudían al alborozo gentes de cabilas lejanas, como la de Bocoya,
aunque para Alvear, las cabilas fronteras con Alhucemas y el Peñón
eran menos agresivas por tener un estado de cultura diferente.
Pocos hubiesen asegurado tal cosa 70 años más tarde.
También era previsible el uso del cañón cuando
tenían abundancia de munición, cosa que, con fortuna
para Melilla, se daba en muy raras ocasiones, pues su coste la hacía
prohibitiva para gentes con tan escasos recursos. |
|
| |
|
| |
|
| |
|
|
|
|
|
|
|
|
 |
|