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La historia revisada
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Las guardias rifeñas
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Algunos
ataques, construidos con mayor esmero y resistencia, y aprovechando
la forma del terreno natural en la excavación, eran capaces
de contener artillería. La altura de los merlones era
de unos dos metros, y la anchura del parapeto de tres, quedando
encajonadas las tierras entre mamposteados en seco o con mortero.
Cada batería tenía una sola cañonera, con
campo muy reducido y sin foso delantero.
Todos unidos, según afirmaba en 1846
el capitán de artillería Alvear, el posterior
fundador de las actuales bodegas de su apellido, cumplían
las condiciones que puede desear el mejor ofensor de la
fortaleza.
Algunos ataques se hallaban tan próximos
a las murallas de Melilla que sus ocupantes lograban desalojar
a pedradas a la guarnición, sin que, como expresaría
un memorialista apellidado Pérez en 1821, fuera capaz
de impedirlo el fuego de la plaza, ni aún siquiera el
fuego reunido de toda la artillería existente en aquel
año, que únicamente lograba desmoronar las crestas
de los parapetos, estropicio que los rifeños reparaban
de inmediato. Ramón de Conti, hijo del que fuera gobernador
de la plaza, y que formó parte de la guarnición
como teniente, aseguraba en 1839, que la impunidad de los kabileños
había llegado a que estos se situaran sobre el mismo
glacis de las fortificaciones, coincidiendo con Pérez
en que las pedradas de aquellos molestaban tanto a los soldados
que provocaban su deserción. No dejaba en muy buen lugar
a la tropa de Melilla cuando aseguraba que desde los ataques
se introducía tabaco en la plaza a cambio de cartuchos,
cartuchos que, como el propio Conti afirmaba, servían
para fueran asesinados los soldados con cierta frecuencia; tal
era la miseria moral y material reinante en aquella época,
propiciada por el abandono en que los gobiernos tenían
a las plazas africanas.
Ataques
El primero de los ataques, comenzando por
la derecha, era el de la Puntilla, inmediato a la cortadura,
muy perjudicial para el fuerte del Rosario, muy próximo
a él, como ha demostrado la secuencia de bajas a lo largo
de los tiempos; en él se mantenía durante horas
algún tirador esperando a que alguien se olvidara de
colocar las trampilla en la abertura de alguna cañonera
y se dibujara la silueta de un soldado, en cuyo momento era
baja segura.
Desde el ataque de la Puntilla se destacaban
una serie de pequeños ataques, unidos entre sí,
que podían agredir a los fuertes, pero cuyo primer objetivo
era el de destruir la estacada al menor descuido de la guarnición
y el de dar refugio a los observadores nocturnos, pendientes
de avisar sobre una brusco ataque, tanto contra la plaza en
caso de oportunidad, como de los producidos desde la plaza.
El inmediato a aquellos estaba el Ataque Seco,
cuyo nombre ha conservado el barrio actual situado en su lugar,
enorme ataque situado exactamente 180 metros por delante del
fuerte de Victoria Grande y en un plano ligeramente superior
a este, lo que le hacía muy temible y objetivo permanente
de voladura por parte de la guarnición de Melilla.
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| Dibujo del perfil del "Ataque
de la leña", situado cerca de la línea
de costa, entre el "Ataque del río" y
el "Ataque de Tarara". |
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| Maqueta de la plaza
de Melilla, realizada en 1847, en la cual se destacan
claramente los cuatro recintos fortificados y la desembocadura
del río de Oro al pie de las murallas. |
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A
continuación del ataque Seco se hallaba el Ataque Rojo, para
fusilería, situado en terreno más bajo y 145 metros
por delante del fuerte de San Carlos, que también era considerado
muy perjudicial por su dominación sobre las defensas situadas
en nivel inferior al fuerte citado.
Desde la torre de Santa Lucía y por delante
de los dos ataques anteriores se extendían gran cantidad de
pequeños ataques adaptados al perímetro de los fuertes
del último recinto, ataques que pasaban por delante del fuerte
de San Miguel y la torre de Santa Bárbara hasta alcanzar la
playa. Su objeto era el servir de escuchas por la noche y como base
para el lanzamiento de piedras contra la guarnición de la plaza,
lanzamiento para el que los guelayas se servían de hondas e
incluso de los propios jaiques, con tanta habilidad que era la ofensa
que más molestaba a los defensores, quienes se veían
obligados a permanecer escondidos durante largo tiempo, y para cuya
neutralización solo podían servirse de los morteros
pedreros, que permanentemente tenía la plaza cargados y apuntados,
no sin gran exposición de los artilleros.
En las inmediaciones de la torre de Santa Bárbara, cerca de
la playa, se hallaban los ataques del Río, de la Leña
y Tarara, todos para fusilería , cuyo objeto era inutilizar
el muelle e impedir las entradas y salidas de los buques, y las descargas
de estos cuando el tiempo no permitía el desembarco por Florentina
o el Socorro. Se hallaban a la distancia de 65, 170 y 400 metros respectivamente
de Santa Bárbara y en un plano inferior. El ataque del Río
era el más molesto de los tres, pues los disparos de fusil
alcanzaban a una parte de los edificios de la plaza impidiendo la
normal vida cotidiana de la población y el uso de terrazas
o azoteas.
Todo este sistema de ataques se complementaba infinidad
de cortaduras, caminos cubiertos y cañaverales que formaban
una maraña tal que las entradas y salidas de los rifeños
en sus posiciones se veían con mucha dificultad desde las murallas
de Melilla impidiendo cortarles el acceso con eficacia. Alvear aseguraba
que la única señal de que las posiciones rifeñas
estaban ocupadas era cuando se recibía algún tiro desde
ellas.
Para contener cualquier salida impetuosa de la guarnición
de Melilla, tras los ataques mencionados había una serie de
trincheras menores, en líneas paralelas, para utilizarlas sucesivamente
en caso de retirada. |
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