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Por Francisco Saro Gandarillas |
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En el último
siglo transcurrido han sido relativamente numerosas las publicaciones
relacionadas con la historia de Melilla en las que se han ido aportando
datos sobre las vicisitudes y acontecimientos acaecidos dentro de
los recintos históricos primero, y en el campo exterior desde
mediados del siglo XIX.
Son muy escasas, sin embargo, y muy incompletas,
las referencias a la organización y modo de actuación
del secular enemigo rifeño. En la copiosa documentación
existente en archivos nacionales esta información se halla
muy dispersa y es muy raro encontrar una memoria o informe sobre el
tema que vaya más allá de media página. Es preciso,
pues, acumular con paciencia toda la información existente
para conocer, dentro de lo posible, cual era su comportamiento y actitud
ante un enemigo cristiano al que tuvo en asedio casi permanente durante
siglos.
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| Mientras
Melilla dispuso del campo exterior, con una línea de
fuertes avanzados, los rifeños se mantuvieron en sus
cercanos poblados como cuarteles permanentes; pero en el momento
en que se perdieron los fuertes exteriores a fines del XVII
y los kabileños tuvieron que avanzar sus trincheras,
lejos de los poblados, hubo que adaptarse a la nueva situación,
creándose una organización distinta en la que
estaban comprometidas todas las kabilas pertenecientes a la
confederación. Este tipo de organización y modo
de combate se mantuvo, con apenas variaciones, durante siglo
y medio; es decir, hasta que la plaza de Melilla volvió
a recuperar el terreno perdido ya bien avanzado el XIX, anhelo,
por otra parte, de todos los gobernadores de la plaza durante
el periodo indicado, como medio de impedir la presión,
en ocasiones angustiosa, del enemigo tradicional. |
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En estas líneas voy a referirme exclusivamente
al sistema de vigilancia y ataque del enemigo durante el siglo
XIX, y más concretamente hasta la ocupación real
del campo exterior tras el trazado de los nuevos límites
a mediados de siglo.
El campo rifeño: los ataques
La experiencia de tantos años al acecho
del enemigo cristiano tuvo, como primera consecuencia, la ocupación
de aquellos lugares más adecuados para vigilar los movimientos
de la guarnición y, dado el caso, causar el mayor número
posible de bajas entre los componentes de la misma.
Los llamados ataques eran unos puestos permanentes,
elaborados de piedra y barro, de altura variable, pero capaces
de proteger a sus ocupantes en la posición de sentados
o arrodillados, similares al conjunto de parapeto y banqueta
de la fortificación española de la época.
Eran obras de escasa resistencia, de zapa sencilla, cuyas tierras
eran echadas hacia el frente por delante de un revestimiento
de mampostería en seco, que se coronaba con una gran
piedra que servía de guardacabezas, bajo la cual dejaban
aspilleras, resultando el todo un parapeto de piedra y tierra
de altura, según la forma del terreno, entre uno y cinco
metros, y de sección triangular. |
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