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La historia revisada
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Episodios de la Guerra de Margallo: El caso
Farreny
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| La guerrilla de la muerte |
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le costó a Ariza convencer al general Macías de
las excelencias de formar una guerrilla al estilo cubano, con
miembros procedentes del penal. A los dos días de llegar
ya estaba operando por los cerros de Melilla con los primeros
22 presos que el general puso a su disposición. Irregular
actuación, puesto que hasta el día 26 no salió
publicada la orden por la que el ministerio de la Guerra autorizaba
la guerrilla.
La mayoría de los presentes en la plaza
veían con simpatía la actuación de tan
singular unidad; lo mismo puede decirse de la prensa peninsular
que en buena parte se deshacía en elogios hacia Ariza
y sus hombres.
No todos, evidentemente, pensaban así.
Algunos jefes y oficiales encontraban humillante que la seguridad
del territorio melillense su hubiera puesto en manos de personas
condenadas a graves penas de prisión por delitos de sangre.
También parece cierto que los penados
no hacían su trabajo por motivos exclusivamente patrióticos,
sino más bien porque el capitán les había
prometido una revisión de sus condenas una vez finalizadas
las operaciones. No puede negarse, sin embargo, que exponían
su vida a diario por una vaga promesa, y que no escatimaron
esfuerzos para conseguir que los rifeños abandonaran
sus trincheras y para garantizar la seguridad nocturna de Melilla.
Era un extraño espectáculo contemplar
a Ariza, con traje de paisano y sombrero hongo, al frente de
sus hombres, vestidos con el uniforme del presidio y armados
de viejos fusiles y facas, más propias de bandoleros
que de tropas combatientes. |
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El capitán Ariza en dibujo de Simonet |
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La
agresión
Como otras noches, en la del día 29 se instaló,
en las inmediaciones del fuerte de Cabrerizas Bajas, el servicio de
vigilancia nocturno a cargo de un grupo de penados bajo el mando de
Ariza. A una hora no bien determinada, que Llanos Alcaraz sitúa
sobre las 8 de la noche, llegó el capitán conduciendo
a un rifeño al que habían capturado cuando cuando se
acercaba sigiloso a la plaza. Dejó al prisionero al cuidado
de los penados allí presentes, advirtiéndoles de que
nadie le hiciera daño.
Sobre la una de la madrugada apareció un
grupo de compañeros diciendo que de orden del capitán
les entregaran al prisionero.
A partir de aquí seguimos la declaración
del rifeño preso, según el cual más tarde fue
conducido por los penados hasta la plaza; allí encontraron
cerradas las puertas, por lo no pudieron entrar. De vuelta hacia al
campo, a la altura del tejar de Ingenieros, Amadi fue golpeado e insultado
por sus acompañantes, e instantes después uno de los
penados sacó su faca y le cortó las orejas.
Tras la absurda agresión, uno de los del
grupo volvió a Melilla acompañando al preso, que sangraba
aparatosamente, llevándolo hasta la guardia de Santa Bárbara.
La guardia dio aviso al jefe de servicio y este a los generales Macías
y Martínez Campos, jefe del Estado Mayor y General en jefe
de las tropas presentes respectivamente.
Allí se supo que el agredido era Mohammadi
ben Ahmed, confidente de la plaza, conocido de antiguo en ella por
el nombre de Amadi, quien, al parecer, y a requerimiento del general
Macías, venía cautelosamente a Melilla para dar cuenta
a las autoridades de la situación en el campo rifeño.
También corrió el rumor, iniciado por uno de los del
grupo de presos llamado Sevilla, de que el agresor era un presidiario
llamado José Farreny Riera, de la partida de Ariza.
Los protagonistas
Mohammedi ben Ahmed tenía entonces unos 45
años de edad. Había sido colaborador de las autoridades
de Melilla desde muchos años antes, lo mismo que lo fueron
su padre y su abuelo. Era conocido por el general Macías desde
1880, año en que, siendo gobernador de la plaza, y con la intermediación
de Amadi, había puesto al Gobierno español en un brete
enviándole a los cabos de cabila de Quebdana para que aceptara
su solicitud de amparo bajo la bandera española, e incluso,
en algún caso, la nacionalidad, cosa que el Gobierno jamás
se hubiese atrevido a hacer estando, como estaba, en cuestión
el llamado "status quo" marroquí.
El asunto se cerró con el cese del general
Macías, eso sí disfrazado, como solía (y suele)
ser habitual, con el socorrido "en atención al mal
estado de su salud", y con la concesión a Amadi de
la cruz del Mérito Militar, que, junto a la concedida durante
la Campaña del Rif de 1909, solía lucir con orgullo.
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