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La llegada de Jordi Évole, El follonero,
y el equipo que dirige del programa Salvados de La
Sexta no fue una sorpresa ya que se le esperaba en esta ciudad.
Señalo esto porque tuve constancia entonces de que la citada
expedición venía a rodar sobre la polémica
concerniente al campo de golf, ya que había mantenido contactos
previos con diferentes personas relacionadas con este deporte.
Una de estas personas me informó sobre los trámites
que siguió el equipo de Salvados para poder tomar
imágenes en el campo municipal de golf. Deduje entonces que
el Gobierno local se había enterado de la noticia y que sus
responsables de comunicación actuarían en consecuencia,
sobre todo teniendo en cuenta el carácter y la temática
tradicional del citado programa televisivo donde el sarcasmo, la
broma y la ironía son sus principales características.
En esos días me confirmaron que ya había cicerones
preparados para guiar al equipo de Évole y salieron a relucir
algunos nombres, entre ellos el de un responsable de una de las
áreas de comunicación pública, y deduje que
ya se habían tomado las oportunas medidas dado el alto precio
que nos cuesta la comunicación institucional, la imagen (¿corporativa
o proyectada?) de Melilla si se quiere decir con otras palabras
(ver artículo
anterior sobre el tema).
Así pues el pasado domingo, tras quedar impactado por la
competitividad sin escrúpulos que desprende el programa El
Aprendiz, precedente en la parrilla al mencionado Salvados,
me dispuse a contemplar con todo el desapego posible a mi ciudad,
el producto elaborado por Évole y los suyos.
¿Me sorprendió el resultado?. Es posible. Quizás
porque fue totalmente surrealista la aparición del antiguo
comandante Zeta informándonos del cambio que efectuó
a su singular trayectoria hace tres meses. El resto del contenido
era previsible: tópicos-típicos (valla, contrabando,
Franco, fascismo...) extraídos para montar un producto en
base a una idea preconcebida antes de aterrizar en Melilla.
Lo cierto es que, a excepción de que a un mercadillo se le
denominó en rótulos como Mercado Central, el resto
de las imágenes correspondieron a diversas manifestaciones
de la vida cotidiana de Melilla pero hilvanadas de forma grotesca
(o con el ánimo de herir) para dejar la sensación
de que la valla y la frontera (el cerramiento y el contrabando)
permiten a una sociedad burguesa anclada en el pasado (Franco y
signos preconstitucionales) disfrutar de un modo de vida cómodo
(sin iva, campo de golf y coches mercedes). Todo ello sazonado con
temas musicales (un mundo feliz, soy español...) que contribuyeron
a que la audiencia pudiera deducir que en Melilla todavía
permanece la España rancia de pandereta, estraperlo y adoración
al anterior régimen que, además, ahora, por lo menos
uno de sus miembros, después de pasar por un periodo de drogas,
se convierte al islamismo no precisamente moderado.
En pocas palabras: mucha mala leche en el guión.
Pero la vida sigue y no hay que callar al mensajero,
o conveniar como se suele hacer aquí, sino actuar
en esos temas susceptibles de ser polémicos que, aunque son
ciertos, no conforman por sí solos las señas de identidad
de esta población.
Los responsables políticos deben actuar sobre la imagen
corporativa de la ciudad y limpiar o edulcorar estos signos
polémicos que ha sacado a la superficie el citado programa
de televisión que, no nos olvidemos, no deja de ser un espacio
de humor. El daño a la imagen proyectada de Melilla hubiera
sido mayor si el producto se hubiera elaborado con el mismo objetivo
para un espacio informativo. La valla, el contrabando, el campo
de golf junto al CETI, la estatua de Franco... son realidades tangibles
y susceptibles de poder mostrar a través de un hilo conductor
que las aúne.
Actuaciones para llevar a cabo hay muchas ... pero le corresponde
a quien ostenta la representación democrática y, por
ende, el poder, programarlas.
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