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El periodo de reformas que ha abierto el Partido
Popular tras fallar el segundo intento de Mariano Rajoy por acceder
a la Presidencia del Gobierno y el papel que, parece, están
jugando los barones del partido me recuerdan otros hechos
acontecidos en la historia nacional.
No se por qué cuando llegan las crisis tras una
etapa de poder central las taifas hacen aparición
en España. Debe ser un síndrome que tenemos los españoles,
la disgregación en feudos locales-regionales que controlan,
a través de alianzas, la situación general. Ejemplos
en el pasado lejano, y en el reciente, no faltan.
Desgraciadamente nuestro sistema electoral tiene muchas
fisuras y favorece el engrandecimiento de figuras locales que en
otra configuración del Parlamento su influencia pasaría
desapercibida.
Aquí, en nuestra pequeña ciudad-comunidad-feudo
el máximo mandatario (confirmado su liderazgo nuevamente
en las urnas) ya se ha apresurado a brindar su apoyo a Rajoy y a
dejar clara la posición que mantendrá ante el nuevo
Gobierno que presidirá José Luis Rodríguez
Zapatero: le voy a pedir que cumpla el programa del PP,
que es el que ha ganado en Melilla, y si tiene cosas mejores en
su programa, que también las haga. Además,
el presidente local también ha querido dejar claro que en
el futuro próximo (2011) seguirá triunfando hagan
lo que hagan las hordas progresistas y se ha permitido la licencia
de anunciar que va a hablar con Zapatero, a ver si le dice
al PSOE de Melilla que ése no es el camino.
Debe ser una pesada carga tanta responsabilidad de saberse
conocedor del camino cierto aunque la mitad de la población
no se identifique con esa trayectoria.
Sin embargo, intuyo, la suerte no está echada
en esta nueva etapa que comienza pues la taifa de Melilla
vuelve a ser interesante para el PSOE. El escenario ha cambiado.
Por tanto, las estrategias tendrían que ser diferentes y
debería correr aire fresco en la política local.
No obstante, cada día que pasa, cada titular
que leo, aumenta mi sensación de desasosiego porque nos alejamos
deprisa, deprisa, del espíritu de la transición:
la búsqueda del consenso con el objetivo del bien general.
Esto último se olvida y sólo queda el poder por el
poder (que a nivel de esta taifa es mucho), desde donde
se reparten las dádivas -lágrimas que
dirían en el país vecino- y con ellas se garantiza
la perpetuación en el cargo porque siempre hay multitud de
beneficiados y, por supuesto, entre ellos, los medios de comunicación
quienes, a través de sus editoriales y columnas de opinión,
colorean los hechos noticiables o destacan la interpretación
singular que interesa y así se logra contentar y mantener
la adhesión de los simpatizantes no beneficiados
directamente.
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